Excelente texto de Juan Vega, que reproducimos por su interés y verdad sobre la antigua nación que conocíamos como España.
Zapatero flota sobre el ruido y la furia de los diecisiete reinos de taifas que dejan sin servicios públicos a los ciudadanos.
José Luis Rodríguez Zapatero no fue elegido secretario general de los socialistas y candidato a la presidencia del Gobierno en unas elecciones primarias, como de manera harto tendenciosa se está sugiriendo por ahí -el diario El Mundo, en su editorial del domingo 10 de mayo, así lo sugería-, ni tan siquiera su llegada al poder fue producto de un proceso interno realmente democrático, sino todo lo contrario. Su elección fue el resultado de un claro retroceso de la democracia partidaria, cuando los socialistas españoles tuvieron que buscar un sustituto para una situación de catástrofe de su vida interna, pues el 12 de marzo del año 2000
Joaquín Almunia salía estrepitosamente derrotado de las Elecciones Generales, ante la mayoría absoluta que conseguía la derecha española por primera y única vez en la Transición, en una situación de degradación del PSOE sin precedentes, que catapultó a Zapatero a la fama desde la nada, gracias al escenario catastrófico en el que logró emerger.
El 24 de abril del 98, Almunia, que contaba con el apoyo de Felipe González, había sido aplastado por José Borrell, en las únicas elecciones primarias relevantes que han tenido lugar en la partitocracia española. El escándalo suscitado por el fraude de dos colaboradores de Borrell en la Secretaría de Estado de Hacienda, Ernesto Aguiar y José María Huguet, llevó a Borrell a dimitir, y aquel triste acontecimiento consagró la imagen de corrupción del Partido Socialista, acabó con el sistema de primarias, y condujo a Zapatero a la secretaría general del PSOE y a la candidatura a la presidencia. Esa es la realidad. El 11-M hizo el resto, y ahí, los interrogantes son ya siderales.
Zapatero, en una finta fantástica, como todas las suyas, como la que trágicamente
le colocó como presidente del Gobierno de España en el 2004, se impuso a José Bono, gracias al apoyo del Partido Socialista de Cataluña -apoyo que Pasqual Maragall pagó con su carrera-, cosa que conviene recordar una y otra vez, porque el papel que Zapatero juega en el PSOE español, es el de un equilibrista que por algo se comprometió con el partido de los socialistas catalanistas -algo que también hay que recordar cuantas veces sea necesario- a impulsar la reforma del Estatuto de Autonomía catalán, incluyendo en el mismo su definición como nación y el perverso concepto de biletaralidad, que es el que hace imprescindible la publicación de las llamadas balanzas fiscales que traen a todo el mundo de cabeza, pues no es posible que España y Cataluña, dos naciones ya -reconocida una por la historia y la Constitución, y por el Estatuto aprobado por el Congreso de los Diputados en el 2006 la otra-, negocien nada, si no tienen sobre qué hacerlo.
En esta situación, el Partido Popular se debate entre dos caminos que le destruyen. Uno, el que le marca Zapatero, que desde la derrota de José María Aznar se ha dedicado a convertir a los conservadores españoles en el “coco malo”, de acuerdo con la existosa y vieja campaña “que viene la derecha”, buscando su permanente definición pública como un partido radical, irracional, extremista y poco dialogante, creando debates sobre los derechos de los homosexuales, la “memoria histórica”, la idea de España, y el papel de católicos y musulmanes en la vida pública, para que los ciudadanos, de naturaleza medrosa y conservadora, vean en esa opción política una fuerza política peligrosa para la democracia. Esa estrategia, tiene su mayor éxito ahora, cuando Zapatero se enfrenta al momento más delicado de su propia vida política, cuando todas las contradcciónes alimentadas por sus equilibrios estallan en Cataluña, con el socorro impagable de los nacionalistas vascos del PNV, que una vez más ejercen de caballería del separatismo que destruye la viabilidad de las instituciones españolas -con la amenaza de la consulta-, y especialmente la de sus servicios públicos, la sanidad y la educación, desangradas por las necesidades económicas del sostenimiento de diecisiete costosos y rimbombantes reinos de taifas, que sostienen televisiones autonómicas, engordan periódicos y compran a sus clientelas a base de prebendas de todo tipo.
Ése y no otro es el escenario en el que Zapatero prepara el debate sobre la financiación autonómica, el de un gran gallinero en el que el PP no puede ejercer como oposición, porque se encuentra ocupado con su propia matanza, quitándole un gran peso de encima. El club de oportunos acosadores de Mariano Rajoy -conscientes o inconscientes auxiliares del zapaterismo aliciaco- entre los que se encuentran distinguidos personajes como Pedro J. Ramírez, Federico Jiménez Losantos, María San Gil, Esperanza Aguirre, y Francisco Álvarez-Cascos, movilizados en una estudiada campaña, en la que cada protagonista tiene sus motivos particulares, pero dentro de una orquesta común, en la que todavía no apareció públicamente el director artístico, le dan un respiro muy agradable al de León para plantear su nuevo triple salto mortal. Las ambiciones y la vanidad de sus “barones” hacen el resto. A él le toca escenificar un acuerdo ahora con José Montilla para darle forma a la negociación bilateral de la financiación autonómica de Cataluña y la del resto.
El ministro Pedro Solbes está montando unas balanzas fiscales, elaboradas con diferentes parámetros, tal y como revela el diario Cinco Días, para que todo el mundo se pierda en el fárrago de los papeles. A los barones, Guillermo Fernández-Vara de Extremadura, Manuel Chávez de Andalucía, Emilio Pérez Touriño de Galicia, Jose María Barreda de Castilla-La Mancha, Dolores Gorostiaga de Cantabria, Marcelino Iglesias de Aragón, entre los que no puede faltar el comparsa asturiano Vicente Álvarez Areces, llenarán ahora los periódicos de valientes declaraciones contra Montilla, para que sus ciudadanos acaben definitivamente hastiados de tanta majadería, tanto ruido y tanto barullo, en un sistema político que camina hacia el colapso democrático y la crisis financiera de los servicios públicos, incapaces de sostenerse en pie en medio de los compromisos de semejante turba de protagonistas de la vida política española, sobre los que flota, como un cándido niño diabólico, el sonriente José Luis Rodríguez Zapatero.